domingo, 2 de marzo de 2008

Los fusilamientos del 3 de Mayo - Un análisis...

Antes de introducirnos en el cuadro en sí, creo que es importante narrar el contexto histórico al que refiere la obra en cuestión, ya que es muy dificil separarla de los acontecimientos que representa. En 1814, luego de la expulsión de los franceses que habían invadido España, Goya pinta dos cuadros que muestran los hechos de 1808 en Madrid. En el primero de ellos, el del 2 de mayo, muestra el levantamiento del pueblo madrileño asesinando a varios mamelucos, que eran los soldados egipcios que actuaban para Francia. En el cuadro siguiente, Los fusilamientos del 3 de mayo, lo que va a mostrar el pintor español, son las consecuencias de aquella resistencia del día anterior, y el consecuente fusilamiento de los responsables del alzamiento en Madrid. Este último cuadro, que es en el que nos vamos a detener, es un óleo sobre lienzo de 2,88 x 3,47 mts., y al igual que el primero, se encuentra desde un primer momento en el Museo del Prado.
Basándonos en la investigación que realizó el pintor ruso Vasily Vasilevich Kandinsky (1866-1944) acerca de cómo abordar el análisis de una pintura, podemos decir que el centro de la pintura es, sin dudas, el próximo fusilado, y para remarcar esto el artista utiliza efectos de luz y color. Por un lado, parece que toda la luz que sale del farol que está apoyado en el piso, en el centro de la escena, tiene como única dirección la figura del joven; por otro, en una pintura donde predominan los colores opacos, el joven viste de camisa blanca y pantalones amarillos, y es el único de los personajes que aparecen que tiene ropa clara. Otra característica es que aparece hacia la izquierda del cuadro: si recordamos lo mencionado al comienzo de este trabajo, es esa una zona de menor peso visual, un sector liviano, lo que produce que el efecto de peso que produce la figura sea más evidente y llame más la atención.
Este joven está de rodillas, con los brazos entre alzados y abiertos en cruz, esperando que de un momento a otro salga la bala que va a acabar con su vida. Se puede ver en él, tal vez, una actitud de súplica. A mi, desde mi posición de interpretante, me dio la impresión de ser una actitud desafiante, valiente; aunque probablemente sea sólo una cuestión de gusto o de deseo personal. Quiero decir que tal vez es esa la actitud que me hubiera gustado que ese muchacho tuviera al momento de la ejecución.
A los pies del muchacho va a aparecer el tercer y último de los colores que aparecen en la escena y que resaltan claramente de los demás, y es el rojo de la sangre de los anteriores fusilados. Éstos están desordenadamente tirados en el piso y uno puede asegurar que es la forma en que cayeron luego de recibir la ráfaga mortal; dentro de un momento, el joven que es ahora centro de la escena, va seguramente a formar parte de ese grupo de cuerpos tendidos bañados en sangre.
Siempre guiándonos desde la figura del joven a la que hemos denominado “centro” de la pintura, mencionamos ya que a sus pies yacen los cadáveres de los fusilados, pero también a su alrededor, algunos de pie, otros de rodillas, aparecen los próximos a ser fusilados. Es gente común, sin un orden posicional establecido, y cada uno a su manera expresa su reacción ante la proximidad de la muerte. Algunos tapan sus rostros, otros se arrodillan ante los cadáveres, otros se agarran la cabeza; muestran temor, desesperación, formando una completa galeria de imágenes relacionadas con el miedo y la impotencia.
Volviendo nuevamente a los conceptos de Kandinsky, podemos advertir que hay un notorio eje vertical hacia la mitad del cuadro que divide la obra en dos partes casi iguales y a su vez enfrenta los dos grupos antagónicos. A la izquierda, como ya vimos, aparece el grupo formado por el pueblo, por los que ya fueron fusilados y por los que van a serlo. Del otro lado del eje, a la derecha, van a aparecen los soldados franceses encargados de asesinar a los rebeldes. Éstos están de espaldas al espectador, todos en idéntica posición, la posición de matar: pierna derecha adelante, casi agazapados, con el rifle en la mano apuntando hacia el objetivo. Ninguno de ellos deja ver su rostro, ninguno de ellos sobresale ni por su actitud ni por el color de su ropa, como sí sucede con el otro grupo. Todos están vestios de colores oscuros y sombríos. La totalidad de los personajes que participan de la escena, tanto los de uno u otro grupo, aparecen por debajo del eje horizontal que divide el cuadro a la mitad, y todo se desarrolla en un ambiente exterior y nocturno que deja ver hacia el fondo de la escena una construcción de considerable tamaño que puede ser un castillo. Todo el ambiente está, entonces, únicamente iluminado por el farol que, como mencionamos anteriormente, se halla sobre el piso, entre uno y otro grupo. Los colores que predominan, exceptuando la ropa del joven y la sangre, son el ocre, el verde oscuro, el gris y el negro, lo que ayuda a crear la atmósfera patética de la situación que imagino quiso mostrar el artista, sumada a una sensación de tristeza, dolor y injusticia.


DP